Cobertura Especial: Elecciones presidenciales de México

Cobertura Especial: Elecciones presidenciales de México

Anaya, "el chico maravilla" que llama al voto útil

Lidera una coalición de partidos antes enemigos y ofrece un gobierno con visión de futuro.

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    EFE

    Un chico maravilla, dicen unos. Un traidor, rebaten otros. Un político ambicioso, estratega y calculador, definen algunos. Un candidato "golpeado", como táctica del Estado, según un tribunal mexicano.

    Ricardo Anaya, de 39 años, es el aspirante a presidente más joven de la historia reciente de México y el primer candidato presidencial apoyado por una coalición de partidos antes enemigos.

    Sin embargo, este alumno aventajado de la política mexicana —de sonrisa perfecta y segundo en las encuestas para los comicios del 1 de julio— no ha podido acortar la distancia de unos 20 puntos que le saca el favorito, el izquierdista Andrés Manuel López Obrador. 

    Algunos analistas estiman que su segundo lugar se debe más al mal ejercicio del aspirante oficialista del Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Antonio Meade, que a logros propios, pero eso no desanima a este abogado metódico y doctor en Ciencias Políticas que tiene su fe puesta en el voto útil de los priistas y en los indecisos. 

    “Soy el único que le puede ganar a López Obrador”, reitera machaconamente. “México va a cambiar”. 

    Para Anaya solo hay dos opciones: la del pasado, simbolizado por el izquierdista tres veces candidato presidencial, y la de futuro, él, un novato en elecciones populares pero con una meteórica carrera política. 

    Sin embargo, López Obrador ya no genera la oposición que provocaba en el pasado, explicó Jorge Buendía de la encuestadora Buendía y Laredo. El rechazo ahora lo genera el PRI, aseguró el analista, quien no obstante no se refiere a los desencuentros del puntero con prominentes empresarios mexicanos. 

    Febrero de 2018. Auditorio Nacional de la Ciudad de México. El ‘niño bien’, nacido en un suburbio acomodado de la capital y educado en la tranquila ciudad conservadora de Querétaro, asume como candidato a la presidencia del derechista Partido de Acción Nacional (PAN) y los izquierdistas Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano. 

    Está flanqueado por su esposa —su novia de la adolescencia, hija de una acaudalada familia— y sus tres hijos. Media docena de gobernadores arropan a este político desconocido hace cinco años que expone sus propuestas con un power point y un micrófono de diadema: gobierno de coalición, subir del salario mínimo, apoyos a la mujer...

    La oratoria es impecable. Se presenta como “un hombre de familia y de valores” y un candidato “de futuro”. Un mes después opta por abrir su campaña con un hackaton. 

    “El estilo del discurso era nuevo”, afirmó un personaje del mundo de la cultura que acudió al auditorio pero pidió no dar su nombre. “Sin embargo, era frío, nada me emocionó, aunque podía estar de acuerdo con todo lo que dijo”. 

    Tres meses después, en un mitin en Ciudad de México, los militantes coincidieron. “Está muy preparado pero debe dirigirse más a la gente de la calle”, dijo Karla Rodríguez, una abogada afiliada al PRD. “En estas elecciones no se trata de ideología, sino de acuerdos. Vamos a votar por el mal menor”. 

    Anaya, único candidato que aceptó la invitación de la comunidad estudiantil de la influyente y crítica Universidad Iberoamericana, donde hace seis años surgió el movimiento #YoSoy132, respondió preguntas de temas considerados espinosos, como el aborto o el matrimonio homosexual, y contra los pronósticos, salió bien de ese encuentro.

    El candidato se ha centrado en apotar por un México en paz manteniendo la presencia de las fuerzas armadas en las calles para combatir el crimen organizado y por la firmeza frente al presidente Donald Trump para que reduzca el flujo de armas de Estados Unidos a México. 

    En materia social critica los programas asistencialistas que se han usado para “controlar a los pobres”, pero propone dar a todos los mexicanos un “ingreso básico universal”. 

    Además, es un convencido de que la inversión pública y privada incentiva la economía, aboga por mejorar la educación con idiomas, acceso a internet y celulares inteligentes para todos y quiere luchar contra la corrupción con una fiscalía independiente y hasta con el uso del sistema ‘blockchain’ (la novedosa tecnología de transacciones digitales cifradas). 

    Hijo de una arquitecta y un ingeniero químico, ambos exitosos, Anaya ingresó a la política a los 18 años de la mano del entonces alcalde de Querétaro, el panista Francisco Garrido, a quien acompañó en varios cargos cuando fue elegido gobernador en 2003. Algunos de sus profesores ya le auguraban un gran destino. 

    “Quiero pensar que la infancia no le fue tan sencilla y eso lo hizo ser muy disciplinado y muy exigente consigo mismo”, afirmó Gloria Guevara, su jefa en su primer puesto federal, subsecretario de Turismo. 

    Era 2011 y Anaya no sabía nada del sector pero hablaba inglés y francés y en la primera reunión “nos dio una cátedra”, aseguró Guevara. “Es buenísimo aprendiendo y alguien que ejecuta”. 

    Después de las elecciones de 2012 en las que el PRI recuperó el poder con Enrique Peña Nieto al frente, Anaya dio el salto al Congreso de la Unión, al que sorprendió con brillantes discursos cuando se convirtió en presidente de la cámara. El apodo de su adolescencia, “El Cerillo”, por su delgadez y su pelo rojizo casi rapado, dejaba paso al de “chico maravilla” del establishment mexicano. 

    Se convirtió entonces en un fiel paladín de las reformas estructurales de Peña Nieto, como la educativa y la energética, y del pacto entre el PRI, PAN y PRD que permitió aprobarlas. Después, en un abrir y cerrar de ojos pasó a dirigir su partido, pero con su ascenso, se multiplicaron sus detractores. 

    Entonces llegó la guerra sucia. 

    En febrero la fiscalía federal —cuyo titular es propuesto por el presidente— divulgó un vídeo en el que se veía a Anaya y su abogado discutiendo airadamente con un funcionario. El tribunal electoral sentenció que el objetivo era perjudicar a Anaya. En junio hubo otra grabación en la que se observa a un empresario explicando a otro cómo el candidato aparentemente lava dinero para su campaña, pero aunque desde hace tiempo lo han rondado casos de corrupción, no se han traducido en procesos formales en su contra. 

    “Me atacan porque (...) dije con toda claridad que Enrique Peña Nieto es corrupto y repetí que cuando yo sea presidente sí me encargaré de que enfrente la justicia y, de resultar culpable, vaya a la cárcel”, contestó Anaya. “Peña Nieto le ayuda a López Obrador atacándome a mí, que soy el único que le puede ganar, y a cambio López Obrador ya se comprometió a perdonarle todo”. 

    En la recta final de la campaña el ambiente se ha crispado. Anaya ya no hace las conferencias de prensa matutinas a las que acostumbró a los periodistas y tiene que parar ataques por todos los lados. 

    No han trascendido muchos detalles personales suyos. “Hace yoga solo en casa y con ayuda de un vídeo, bebe poco, sale menos y rara vez traiciona sus rutinas”, escribió Salvador Camarena en el libro “Los Suspirantes 2018”. Una de ellas es sonreír, aunque cada vez parece costarle más. 

    “Es un tipo solvente, con ciertas habilidades, pero no es un candidato maduro”, afirmó Antonio Sola, el estratega político que en 2006 acuñó la frase de “López Obrador es un peligro para México” y gracias a ello logró el triunfo del PAN pero que hoy hace proselitismo a favor del izquierdista. 

    “En México es difícil ser un candidato de éxito a la primera”, aseguró.

    Aun así, Anaya ha realizado cierres regionales de campaña que han sido multitudinarias, y con gran ánimo sostiene que el domingo, en las urnas, ganará al candidato puntero en las encuestas.